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Podría pensar que, de un modo similar, preguntaron los antiguos por el sentido de nuestras vidas. Lo repitieron por siglos, sin saberlo, los villancicos que se cantan cuando se adora en el Pesebre. Y aunque el jailli no tenga relación generacional con un canto que nace en España, ni ambos debieran reconocer la paternidad de la cumbia, encuentro en estos géneros un hilo conductor, una identidad ontológica que me permite reunirlos.
El jailli nos enfrenta a esa suerte de datos que me gusta llamar: novedades de lo antiguo. Podemos encontrar allí verdaderas joyas y aún volcar en ellas nuestro sentir más presente; nos preceden como los cerros y los cardones, pero en cambio nos son por completo ajenos. Son eco del canto que se cantó en el mismo suelo, tal vez, pero que sólo puede volver a brotar a condición de que lo reinventemos.
El villancico fue poesía argumental que se cantaba en determinadas festividades religiosas. Algunas veces agregó relatos populares de España a las páginas del Evangelio, como puede haber sucedido con el romance de la Virgen y el Naranjel. Floreció para los tiempos en que Colón viajaba hacia América y algunos siglos más. Luego no se de él, salvo que encantó a folcloristas y antropólogos, debe haberle gustado a García Lorca y, pasadas las Navidades, lo cantan los niños de mi pueblo.
La cumbia es un género popular y, generalmente, tosco, a veces obsceno como pudieron haberlo sido el tango, el jazz o la zamba. Su nombre deviene de una música tropical que degrada y, las más de las veces, ignora. Nadie puede asegurar que, como el jazz, el tango o la zamba, tenga un destino culto que dignifique su presente. Lo que sabemos es que, como toda palabra humana, es testimonio de esta lucha por la conquista de una razón de ser.
Los que siguen son parte de un poemario mayor que, ¿quién sabe?, terminaré por editar.
*
CUMBIA VILLANCICO.
Al fin de la tarde
la noche madura
y la voz del viento
descansos augura.
Pisando las horas
de cargas oscuras
el fierro calzaba
bajo la cintura.
Abrase la rueda,
vuélvase a cerrar,
que busca en el riesgo
su paco y su pan.
Frente del negocio
lo duda un instante
porque luego el pulso
no puede temblarle,
baja la visera
aunque no haya sol
y da el primer paso
de esta adoración.
Abrase la rueda,
vuélvase a cerrar,
que arriesga su vida
cual juego de azar.
Lo miran dos ojos
llenos de terror
y busca en la caja
la recaudación.
En ese momento
parece exitoso,
burlando a la muerte
se aferra al bufoso.
Abrase la rueda,
vuélvase a cerrar,
que en sólo un segundo
tres tiros le dan.
El escaparate
parece un pesebre
con luces que brillan
y el pecho le duele,
pero no hay pastores
ni el niño Jesús,
sólo su cadáver
en forma de cruz.
*
DIJO SAN JOSE.
¿Qué es esto que hiciste?
No puedo creer,
pensaba María
diría José.
Si bien te trataba,
nunca te pegué,
pensaba María
diría José.
Por menos moneda
matan su mujer,
pensaba María
diría José.
Y además me dices
que el mesías es,
pensaba María
diría José.
Si fuera el vecino
lo he de reprender,
pensaba María
diría José.
Si fuera el servicio
del patrón, es ley,
pensaba María
diría José.
Y si un forastero,
le diría al juez,
pensaba María
diría José.
Y si insatisfecha
sos por mi vejez,
recuerda que mía
sos sin yo querer.
Pero el Dios del cielo
te quiso mujer,
¿qué haré, yo, María?,
dijo San José.
*
MAS TIENES A DIOS.
La vieja sirvienta
resguarda una fe
tal que la patrona
no puede tener,
y en cambio ella tiene
joyas y vestidos,
un auto moderno
y cientos de libros.
Mas sola en su cuarto,
la vieja sirvienta,
se postra y el Cristo
con amor la alienta.
Ambas han tenido,
veinte años atrás,
cositas que dieron
motivos de hablar.
La patrona al socio
de su fiel esposo
amó en un verano
con amor fogoso,
perdió la vergüenza,
no supo ocultar,
hasta echar por tierra
esa sociedad.
Habría soñado
quien sabe que vueltas
que tiene la vida,
acaso otras tierras,
o quizás tan sólo
con la excitación
de tenerlo todo…
y todo perdió.
Pero nadie quita
de su alma el momento
de amor clandestino
y de orgasmo lento.
La vieja sirvienta
gozó del patrón,
cierto que llevada
por su condición,
y, pasado el tiempo,
con mayor cariño,
fue mujer primera
para con el niño.
Pero siempre supo
que hasta el mismo goce
es, como la vida,
lo que Dios dispone.
Una con sus rezos,
otra con sus telas,
las dos, solitarias,
llegaron a viejas,
y al fin la patrona,
ya como una queja,
le dijo a la sierva:
Suerte despareja;
yo todo he tenido,
todo se perdió;
vos me dabas pena
mas tienes a Dios.
MAYPIN KANKI.[i]
¿Dónde estas, Señor,
en la tormenta?
No la del día,
más bien la nuestra,
la de las certezas
que lleva el viento,
la de las miradas
que van muriendo.
¿Cuál boca reza,
a quien das tu gracia
cuando las cuchillas
del tiempo desgarran?
Bajo los ropajes
de tanta ilusión,
¿dónde está tu imagen?
Dímelo, Señor.
[i] Este poema lo he titulado, originalmente, Salmo. Le he dado un nuevo nombre, a condición de esta explicación. En mi anterior poemario: Teologemas (primer premio del certamen de poesía 2007 de la UNJU), con el mismo título, maypin kanki, publiqué el siguiente:
Puesto a regir, mis ojos no pudieron ver al Tejedor. Con lanas urdió la selva que desciende y compuso el tapiz de las mañanas. Un rostro se desteje cuando el hilo se apolilla, la profundidad y la luz son manchas al azar que mi mirada entrama. ¿Qué es el alma?
Puesto a legislar, ignoro quien es el Alfarero. Me consuela pensar que nada hubiera hecho de poder hacerlo. Intuyo el sentido de los vientos porque se parece al de los caminos trazados por el andar entre los cerros, pero no puedo verte. ¿Dónde estás? Dame una señal, para que pueda morir y regresar al suelo. Eso te pido.
El término es tomado de Nueva Crónica y Buen Gobierno, libro de Felipe Waman Poma de Ayala, escrito en el Perú hacia 1615. En los estudios previos de la edición de John Murua, Rolena Adorno y Jorge Urioste, se hacen los siguientes comentarios que vale la pena consignar aquí:
Otras oraciones reflejan más la concepción andina y no son una repetición de las invocaciones cristianas, dice Jorge Urioste. La invocación de la página 54 es un buen ejemplo de este tipo de oración:
Ticze caylla uira cocha, maypin canqui? Hanac pachapicho? Cay pachapicho? Uco pachapicho? Caylla pachapicho? Cay pacha camac, runa rural, maypin canqui? Oyariuay!
La traducción que da Urioste es la siguiente: Señor del fundamento y del más allá, - o fundamental y cercano - ¿dónde estás? ¿En el lugar superior? ¿En este mundo? ¿En el mundo inferior? ¿En la tierra del extremo – o cercana? Ordenador del mundo, hacedor del hombre, ¿dónde estás? Oyeme!
Y sigue Urioste: Es interesante notar que Waman Puma al traducir esta oración que podría ser de origen precolonial introduce términos que reinterpretan la cosmovisión andina para reflejar la cristiana. La versión de Waman Puma es la siguiente: O Señor, ¿adonde estás? ¿En el cielo o en el mundo o en el cabo del mundo o en el ynfierno? ¿Adonde estás? ¡Oyme, hazerdor del mundo y de los hombres! ¡Oyme, Dios!
Rolena Adorno da otra lectura del mismo texto: En dos ocasiones en el último capítulo de su libro, Waman Puma pregunta: “Y ancí, Dios mío, ¿adónde estás?” Y, en el mismo tono: “¿Cómo está lejos el pastor y teniente verdadero de Dios, el santo papa? ¿Adónde estás, nuestro señor rrey Phelipe…?” La resonancia que este grito conlleva se debe a que fue lanzado originalmente, como vimos, por los primeros andinos en la historia de la civilización antigua que Waman Puma narró y relacionó con los profetas bíblicos: “Padre, ¿en qué sitio estás? ¿En el superior? ¿En este mundo? ¿En la tierra cercana?” La última respuesta de Waman Puma al interrogante es que el mundo está al revés: “Es señal que no ay Dios y no ay rrey. Está en Roma y Castilla.” La falta de orden y de justicia indican la ausencia de Dios. La ausencia del Dios cristiano devuelve al hombre andino a la búsqueda de sus dioses, y a la repetición del rezo antiguo: “Pachakamaq maypin kanki.”
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